Profundo y concienzudo estudio sobre la historia del saqueo cultural que signó a nuestro continente americano durante los siglos de conquista y colonización europea.
“Barbaridades
que la presente edad ha rechazado
como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad
humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos,
si constantes y repetidos documentos no testificasen
estas infaustas verdades”
Simón Bolívar, Carta de Jamaica,
1815
Desde hace quinientos años, América Latina ha sido sometida al pillaje más
despiadado de la historia: sus veintidós millones de kilómetros cuadrados han
sufrido el expolio y destrucción de la mayor parte de sus recursos. Por turnos,
se han llevado y se siguen llevando el oro, la plata, el cobre, el carbón, el
aluminio, el hierro, el gas y el petróleo. En el Códice Florentino, a propósito de la devastación de la capital
azteca de Tenochtitlán a manos de Hernán Cortés, se comentaba sobre los
españoles del siglo XVI: “como unos
puercos hambrientos ansían el oro”. Cuando los conquistadores españoles
desembarcaron en México, España acababa de existir como nación tras el genocidio
y expulsión de moros y judíos. Se ha calculado que España extrajo de América
Latina cuarenta millones de pesos hasta el año 1560, que equivaldrían a
quinientas toneladas de oro. El caso es que en 1785, el Conde de Aranda le
pedía al Conde de Floridablanca exprimir al máximo a las colonias del Nuevo
Mundo[i],
y esto se cumplió a medias porque en el saqueo comercial también participaron
ingleses, italianos, franceses, alemanes, portugueses y holandeses.
Desde la época colonial, las plantaciones se convirtieron en un instrumento
para someter las economías locales y obtener productos a bajos precios por el
uso de esclavos. Para dar una idea de las ganancias, vale la pena comentar que
Inglaterra financió sus guerras contra Napoleón Bonaparte sólo con un diez por
ciento de los altos ingresos obtenidos por sus plantaciones de azúcar. Lo
cierto es que la política frenética de arrasar los bosques y malgastar la
fertilidad de los suelos durante siglos tuvo su costo ecológico porque, a la
par de la actividad minera, destruyó sin remedio la biodiversidad de la región
en un cuarenta y siete por ciento. En Brasil, la explotación de azúcar y caucho
arruinaron millares de hectáreas; en Argentina y Paraguay, los bosques de
quebracho fueron devastados; en Venezuela, las plantaciones de cacao sólo
dejaron ruina a su paso; en Colombia, el café fue la principal causa de
extinción de tierras cultivables y esta tragedia se repitió en Centroamérica
con la fruta. Ninguna de las ganancias de estas plantaciones contribuyó al desarrollo
de los países donde se encontraban.
Durante la época de conquista, unos pocos miles de soldados españoles
exterminaron casi totalmente a una población de cien millones de indios. Hoy
sólo quedan veintiséis millones. En Santo Domingo, por ejemplo, la población
nativa que inicialmente contaba con casi cuatro millones de personas en 1496,
en 1570 era apenas de ciento veinticinco mil seres humanos. En México, los
veinticinco millones de habitantes se transformaron en un millón entre 1519 y
1605. En el Perú, seis millones de indígenas llegaron a ser un millón entre
1532 y 1628. Contra esta masacre se pronunciaron los mismos españoles, como lo
demuestra el sermón Una voz que clama en
el desierto del dominico Antonio de Montesinos, quien en 1511 se atrevió a
deslegitimar la conquista: “Decid, ¿con
qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a
estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas
gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas?” Fray Bartolomé de
Las Casas en su Brevísima Relación de la
destrucción de las Indias, se quejaba en su momento: “Porque son tantos y tales los estragos y crueldades, matanzas y
destrucciones, despoblaciones, robos, violencias y tiranías..."[ii]
Según el ensayista Tzvetan Todorov, el genocidio contra los indígenas fue mayor
al sufrido por los judíos en el siglo XX[iii].
Sólo las enfermedades epidémicas traídas por los soldados provocaron quince
millones de muertes. Hubo otro genocidio que fue el de los esclavos traídos desde
África: entre cinco y seis millones murieron en el viaje por mar y un número
superior falleció en las minas o por maltratos.
A partir del siglo XVI, América Latina, que subsidió a las grandes potencias
por turnos con la complicidad de clases dirigentes dóciles y corrompidas, ha
sido una vasta fábrica de pobreza y de hambre: entre 1600 y 1800 sólo un dos
por ciento de la población poseía la riqueza; para el 2005 hay quinientos
cuarenta millones de habitantes, pero doscientos veintidós millones de pobres,
de los que ochenta y ocho millones son indigentes. Cada año mueren doscientos
mil niños de hambre. Hay ochenta por ciento de pobreza en los sectores
indígenas. El diez por ciento de la población total vive con menos de un dólar
al día. Un verdadero desastre que se multiplica.
La destrucción de América Latina, sin embargo, afectó también a los sectores
culturales: la memoria histórica fue objeto de manipulación, fuego, robo y
censura. El proceso fue lento y sistemático, feroz e implacable: hoy sabemos que
el sesenta por ciento de toda la memoria escrita de la región desapareció. Un
cincuenta por ciento por destrucción premeditada y un diez por ciento por
desidia. Más de quinientas lenguas se extinguieron para siempre.
Acaso la destrucción de la memoria histórica de América Latina comienza con el
ataque de los conquistadores españoles en Tenochtitlán en 1521: “Y cuando hubieron llegado a la casa del
tesoro, llamada Teucalco, luego se sacan afuera todos los artefactos tejidos de
pluma, tales como travesaños de pluma de quetzal, escudos finos, discos de oro,
collares de los dioses, las lunetas de la nariz, hechas de oro, las grebas de
oro, las ajorcas de oro, las diademas de oro. Inmediatamente fue desprendido de todos
los escudos el oro lo mismo que de todas las insignias. Y luego hicieron una
gran bola de oro, y dieron fuego, encendieron, prendieron llama a todo lo que
restaba, por valioso que fuera: con lo cual todo ardió”[iv] Los
frailes Fray Juan de Zumárraga y Diego de Landa se encargaron luego de desaparecer
el noventa por ciento de los códices mayas.
En 1532, Francisco Pizarro, un eminente conquistador analfabeta, sometió a
Atahualpa, y le pidió un rescate. Con ingenuidad, el Emperador de los Incas le
entregó cientos de objetos que luego fueron fundidos en 6080 kilos de oro y
11872 kilos de plata. De esta forma se aniquilaron obras de arte valiosísimas.
Posteriormente, las tropas españolas acudieron al Templo del Sol en Cuzco y
arrasaron, como lo hicieron los cruzados en Constantinopla en 1204, con todo lo
encontraron a su paso y las esculturas de oro las fundieron sin misericordia.
Este memoricidio, cometido en la época del humanismo clásico, avalado por los
mejores pensadores europeos, fue premeditado: los distintos proyectos
imperiales transculturizaron por igual a indígenas y africanos para someterlos
con una derrota total. Como bien se sabe, ningún imperio puede sostenerse sólo
por la fuerza de las armas o de un modelo económico y político, se requiere la
imposición de valores culturales y la práctica de la damnatio memoriae sobre los pueblos vencidos. Dado que la memoria
es el vínculo más importante de la identidad nacional, es el primero en ser
amenazado o atacado.
Lo más lamentable es que se preservó esta tradición de pillaje y devastación
cultural. Entre el siglo XVI y el siglo XXI, bibliotecas, archivos, ediciones
únicas, piezas de arte prehispánico o colonial y de la etapa modernista y
surrealista, fueron arrasadas, olvidadas o expoliadas. Decenas de
bibliotecarios y archivistas fueron asesinados desde México hasta Tierra del
Fuego, lo que convierte a estos oficios en los oficios más riesgosos del
continente después del relativo a los periodistas y sacerdotes. Durante las
dictaduras de las décadas de los sesenta y ochenta, numerosas editoriales
fueron víctimas de ataques violentos y miles de escritores fueron asesinados o
exiliados. En los actuales momentos, por decir, están desapareciendo miles de
libros del siglo XIX debido a la falta de presupuesto para su restauración y
conservación. El cincuenta por ciento de las bibliotecas de América Latina
soporta abandono y desidia, e igual pasa con los archivos.
Otro grave problema heredado es el tráfico ilícito de obras de arte y de
objetos arqueológicos: aumenta sin medida por la demanda de compradores
inescrupulosos interesados en piezas fundamentales de las culturas
precolombinas. Se tiene certeza de que el ochenta por ciento de los
asentamientos arqueológicos de la península de Yucatán han sido saqueados. En
su búsqueda, los saqueadores han destruido
monumentos y tumbas en Ecuador, Colombia, México, Belice, Guatemala y
Honduras. Cada asentamiento recuerda un
paisaje lunar. En Amazonas, roban urnas amazónicas; en Costa Roca y Panamá
trafican con águilas colgantes de oro. No hay un solo museo arqueológico que no
haya sido robado. En el Museo Carlos Zevallos Menéndez de Guayaquil, una banda
disimuló el robo de máscaras Tumaco-Tolita con un incendio en el edifico que
arruinó cientos de obras. Los denominados huaqueros, en su afán por conseguir
cerámicas del período Moche, Keros incas o remos labrados Chimú y Chincha, han
provocado un saqueo total en Perú con el silencio de las autoridades.
Esta es la realidad. Los historiadores resaltan con vergüenza la quema de
libros en Alemania durante la época nazi, condenan la destrucción de la cultura
de los bosnios a manos de los serbios, pero ignoran la quema de los códices
aztecas a manos de religiosos cristianos españoles. Quiero manifestar aquí que
cuando visité México en 2004 para asistir a la presentación de una edición de
mi obra “Historia universal de la destrucción de los libros”, publicada por
Debate, intenté rastrear con mejores documentos la eliminación de los escritos
mayas y fue bien poco lo que pude encontrar. Hay un silencio letal sobre este
asunto, que a veces se traduce en un artículo emocional; jamás en un estudio
detallado que compile todos los bienes culturales latinoamericanos
desaparecidos o destruidos hasta la fecha.
En verdad, creo que a pesar de los esfuerzos evidentes por entender el pasado
desde una perspectiva más plural, los latinoamericanos todavía sentimos vértigo
a la hora de examinar nuestra historia.
[i] Josep Fontana, La crisis
colonial en la crisis del antiguo régimen español, en Heraclio Bonilla
(edit.), El
sistema colonial en
[ii] Bartolomé de
[iii] The Conquest of
[iv] Bernal Díaz del Castillo, Historia
Verdadera de la conquista de