“Como en ninguna otra ciudad nueva de América, en la Caracas de hoy pueden constatarse algunos de los perjuicios que es capaz de causar el dinero cuando pretende reemplazar a la Cultura. Para la empresa de convertirnos la capital en una de las ciudades más desagradables de que se jacta el continente, convergieron aquí dos de las formas más estultas y perniciosas de la riqueza.
A la estrechez espiritual de una clase media urbana semi-iletrada que se había enriquecido en el ejercicio de la usura, en la importación de baratijas norteamericanas o simplemente en el juego de caballos, se asoció el aldeanismo de algunos propietarios rurales que vendieron sus últimos novillos y se vinieron a la capital en busca de más productivos negocios. En un país menos flexible a los caprichos de la propiedad privada –o por lo menos más atento a las resoluciones de los Congresos Internacionales de Arquitectura y Urbanismo– la simple inversión de dinero no les hubiera otorgado a los inversionistas el derecho a erigirse en ductores estéticos de la ciudad. Pero no hay en Venezuela una ley –ni por lo visto una autoridad– que defienda el derecho de las ciudades a ser bellas”.
Tomado de “Caracas física y espiritual”
Editorial Círculo Musical, 1966