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La involución política del sistema se muestra, actualmente, en la reducción de la realidad a la seleccionada visibilidad social presentada en los medios. Esa punta del iceberg es la que siempre conviene a los intereses oligárquicos y de la cultura dominante. Como la mediatización de la vida pública (en sentido estricto) está en función de la política espectáculo, el llamado a la conciencia ciudadana y al servicio en pro del bien común es algo, en la mente de los manipuladores de los mass media, destinado al basurero de la historia, para usar la conocida expresión de Trosky.
El recurso técnico al imaginario va en paralelo al olvido de las virtudes morales y a todo lo que suponga esfuerzo. Así, se está progresivamente difuminando un universo artificial, donde el sentido amoral de la existencia va unido a la pérdida del sentido cronológico. Ello resulta indiferente a una asnocracia, profundamente inculta, (puede pensar –y le da igual que no sea así– que Atila y Stalin fueron compañeros de curso de Verdi, Simón Rodríguez y Pancho Villa) a la cual se genera, por el facilismo de la imagen, un rechazo instintivo a todo lo que suponga una mínima tarea deductiva o demostrativa.
En el caso venezolano, no cabe la menor duda que los mass media han facilitado la adhesión colectiva al mesianismo político en sus diversas expresiones y que han contribuido, más que cualquier otro factor, a la anemia cultural de nuestra colectividad nacional: el charlatanerismo ha ocupado el lugar del humanismo.
La sustitución de lo espiritual por lo “estético” (de muy dudoso gusto) resulta, también, otra de las anemias arrojadas por aspersión por los mass media sobre la indefensa mente de los ciudadanos. En el caso venezolano, además, el engaño descarado sobre lo que se pretende hacer lucir como cultura y como estética solo tiene comparación con la descomunal avaricia sin principios que parece engrilletar la mente metalizada de los dueños de los medios y de los anunciantes.
Una publicidad degenerada ha sido la contraparte comercial de la brutalización y corrupción alentada, sin escrúpulos, por los dueños de los medios audiovisuales y por la cobarde o cómplice actitud de ciertos gobernantes a quienes nunca han faltado leyes suficientes para proteger a la infancia y la juventud venezolana, pero que sí han evidenciado una falta de coraje moral y político para hacerlo.
Quienes solo ven un negocio en los medios de comunicación, con proyección también utilitaria en los acuerdos contractuales de índole oligárquica, los códigos de conducta y otras mamparas, que nunca han sido ni serán cumplidas de manera espontánea (sería suponer que los dueños de medios, sobre todo los televisivos, una recta y virtuosa intención que es lícito y prudente suponer que no poseen, dada la experiencia presente y los hechos del presente), los traen absolutamente sin cuidado. Están seguros de que (al menos aquí en la tierra) nunca pagarán por los irreparables daños morales ya causados a millones de personas. Y esperan que tampoco tendrán que dar cuenta a nadie de los que contumazmente se disponen a causar en el futuro (si nadie los coloca en su sitio y les impone las normas que el bien común exige).
Más allá de lo que Dios les diga cuando se presenten a dar cuenta de sus actos (evento judicial al cual todos tendremos que acudir personalmente, sin posibilidad de sobornos, excusas procedimentales ni hábiles representantes), parece evidente que una democracia sana y fuerte (o que desee serlo) puede y debe imponer claras y justas reglas del juego: no para coartar la libertad de expresión o el derecho de información y a la información, sino, justamente, para garantizar a todos esa libertad y esos derechos sin que los mismos sean privilegio (de poda caprichosa, según sus intereses) de los plutócratas; ni que éstos piensen que pueden hacer lo que les dé la gana a costa de la salud mental y espiritual de la infancia y de la juventud venezolana.
La mediatización de la vida pública En “Repensar la política”. El Centauro editores. Caracas, 1997. Págs. 193 y 194
aliespimo@gmail.com
Venezuela
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