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Granier y la familia Phelps debería dejar la “brincadera”, como dijo el Comandante Chávez. La concesión a RCTV no será renovada y ya. Pero en nuestras filas se extiende la polémica como si hubiese alguna duda. Pareciera que buscamos justificaciones para convencernos de lo acertado de la medida. Si hemos emprendido con rigor y seriedad el camino de la construcción del Socialismo, no deberíamos titubear ante la batalla cultural, que como sabemos es prioritaria en la lucha de clases. Y la televisión, como árbitro político e ideológico, resulta imposible de soslayar, porque es parte de una totalidad y porque que emite opiniones y juicios sobre política, educación, arte, música, literatura, conductas humanas, etc., de una manera abierta o solapada, desde el punto de vista de aquellos que detentan el poder mediático y económico, cuya visión del mundo es, por razones de clase, antagónica al Socialismo. Hasta la aparición de la Ley Resorte, el receptor (usuario) fue un convidado de piedra, como decía Antonio Pascuali. La ley rompe con la mudez del receptor, rompe con la relación receptor-difusor, es decir concesionario-usuario y rompe con la unilateralidad del mensaje ideológico. De ahí la reacción virulenta de la oligarquía criolla y sus socios extranjeros. De ahí la “brincadera” de Granier.
Para iniciar una educación y una cultura socialista será necesario cortar de raíz esta inyección diaria de estupefaciente ideológico, hábilmente empaquetada en la llamada libertad de expresión. Toda esta carga descomunal de ideología no tiene otro objetivo que afianzar la idea de que el hombre nació confinado en las leyes del capitalismo, y es por naturaleza un egoísta, un individualista despiadado. Nace con las ansias de matar para sobrevivir. Es allí donde la TV pone su granito –o su granier- de arena. Sólo para citar un ejemplo, detrás del aparente candor de los programas de animales, como aquel donde el geopardo persigue a la frágil gacela, que finalmente es devorada en nombre de la supervivencia, se esconde una de las más reaccionarias interpretaciones de las relaciones humanas: el neodarwinismo, que sólo le da cabida en el planeta al más fuerte, a los más aptos. Toda esta relación se muestra transferible a los seres humanos: sobrevive el más apto, es decir el individualista que con su esfuerzo conquista la cima de vencedor y desplaza –o aniquila- al perdedor. Obviamente los primeros son los ricos, los poseedores de los medios de producción, los otros no tienen otra alternativa que vender su fuerza de trabajo.
No se trataría de liquidar la libertad de expresarse sino de desmontar la barbarie y democratizar los espacios en función de la humanización de las relaciones sociales. Se trataría nada menos que de suprimir las visiones y tendencias que paralizan la construcción del hombre nuevo. ¿Será posible levantar un hombre nuevo con estos Graniers, Plehps y Cisneros, si sabemos que un niño ve, como algo lícito, a cada hora, entre veinte y treinta acciones propias de la ley de la selva, llenas de violencia, de terror, de miedo, de chantajes en nombre de la sacrosanta competencia y la propiedad privada? La prestigiosa publicación médica usamericana, The Lancet, concluyó en el año 2005, después de investigaciones hechas en todo el mundo, que efectivamente la violencia mostrada a diario en la TV modifica negativamente la conducta de los adolescentes –ni hablar de los niños- y los adultos violentos. Con una televisión así estamos construyendo monstruos. Lo estamos viendo a diario. La ferocidad del hampa, entre los que se encuentran muchos adolescentes, es una muestra más que evidente.
Ya es un hecho irreversible que el espacio radioeléctrico cedido a esta familia por más de medio siglo ha caducado. La abundancia de argumentos para que no siga operando son más que suficientes. Todos los crímenes cometidos por estas familias contra la Constitución Bolivariana, contra la paz y la tranquilidad de los venezolanos son harto conocidos. Golpe de estado, instigación a delinquir, sabotaje petrolero, atentado contra los bienes de la Nación, incitación a la violencia, llamados reiterados a la guerra civil, amenazas diarias y sistemáticas, vulgaridad y truculencia, etc.… Esta ristra de abusos debe ser suficiente, no sólo para retirarle la concesión a cualquier canal, sino para poner a todas esas familias frente a un tribunal. Pero su mayor y más importante fechoría es servir de instrumento para la manipulación más abyecta. Es convertirse en vehículo imprescindible de ideología para preservar las relaciones capitalistas. Eso es todo. Se trata de la posesión de un descomunal aparato de camuflaje propagandístico, bajo supuestas manifestaciones ingenuas dentro de las telenovelas, los espectáculos musicales, los programas humorísticos, los programas infantiles y los de juegos, etc. Para eso cuentan con toda un andamiaje lingüístico propios de la televisión que reproducen a diario y sistemáticamente la ideología de aquellos que han dominado el país durante decenios. Y creo que es desde este punto que deberíamos encarar el asunto, no sólo referente a RCTV sino de todos los canales de televisión beneficiarios de la concesión del Estado. No se trata sólo de RCTV y de la ignorancia y miseria de un sujeto como Marcel Granier, se trata de la responsabilidad del Estado para seleccionar en manos de quien va a colocar una herramienta tan decisiva.
Estos canales, y RCTV como líder, han hecho de la violencia su plato favorito para la inculcación ideológica bajo una aparente mansedumbre e ingenuidad. El “bloque histórico” gramsciano, donde no hay nada separado de nada, donde todo constituye una unidad dialéctica en constante lucha, es decir la unidad de la política, la economía y la cultura, y obviamente, la sub cultural, nos ilustra sobre este fenómeno. Voy a mencionar un ejemplo que nos proporciona Ariel Dorfman, en su lamentablemente olvidado librito (por lo pequeño), “Para leer al Pato Donald”. La actitud del Pato Donald y su relación con los demás personajes aparece como insignificante y normal. Todos son hombres, excepción hecha con Daisy, que cumple su papel de mujer subordinada al hombre, en busca desenfrenada de dinero (por lo general oro en países exóticos). No existe la figura paterna. Todos son primos, tíos, sobrinos, hermanos, novios, novias, etc. El sexo no existe. La procreación no existe. La degradante sumisión del Pato Donald es tomada como parte de las relaciones sociales normales. Es el hombre común. Detrás de todo ese mundo se ocultan deliberadamente las relaciones de clase en una sociedad aparentemente feliz y sin contradicciones, donde la candidez del niño se proyecta en el adulto.
Granier y la familia Phelps durante medio siglo, cobijados por la concesión y complicidad de la IV República, han estado estimulando esta sumisión, estimulando el culto a la banalidad y el embrutecimiento, exaltando la estulticia, el sexo irresponsable y la violencia. Menudo rol ha cumplido esta familia y su socio Granier. Un rol de gran importancia en el entramado mecanismo del saqueo de nuestras riquezas. Un rol ideológico que perpetúa los valores del capitalismo saqueador, que pregona la sumisión ciega a la explotación, al orden y la obediencia, al miedo a la represión, a través de la diversión (Dwight McDonald ya no se refiere a la diversión, sino a la “distracción”). Todo para sostener intereses foráneos. Por eso han cultivado con esmero la desinformación (no sólo periodística). Cuando Pierre Bourdieu se refería a la televisión que priorizaba los acontecimientos solamente visibles y ocultaba los componentes que los provocaban, designó aquel fenómeno manipulador de dominio como la “amnesia estructural”. La amnesia estructural le ha servido a Granier y afines, no sólo para denigrar de los logros del Gobierno Bolivariano, sino para mentir, calumniar y desinformar descaradamente. Ante las exigencias de algunos intelectuales de salir de aquel sopor televisivo, la respuesta de los dueños y ejecutivos era siempre la misma. Hay que darle al público lo que el público pide. Sin embargo, para calmar su mala conciencia, RCTV, para darle un poco de prestigio a aquellas baratijas de proposiciones degradantes, tontas, amorales, ensayó con ciertos intelectuales la llamada “telenovela cultural”. Aquello fue un verdadero fraude, porque debajo de aquellos diálogos ingeniosos de algunos escritores de renombre, en un trasfondo falsamente popular o de clase media, se desfiguraban las genuinas relaciones históricas entre los personajes y su entorno social, se planteaban falsos e intrascendentes conflictos, sin intentar siquiera apartarse de las manoseadas formas del melodrama del siglo XIX. Venció entonces el criterio de darle al público lo que este supuestamente pedía. Creo que era el mismo McDonald quien afirmaba que el espectador era acondicionado para recibir una programación degradante y era acostumbrado a verla porque no tenía otra opción. Pero tampoco hay que olvidar la misma precariedad cultural y vulgaridad de los amos y señores de estos canales. Stanley Kubrick decía que la mediocridad de los filmes de Hollywood no se debía sólo a la codicia de sus altos ejecutivos, sino a su ignorancia y vulgaridad… esto vale exactamente para Granier y familia, amén del desprecio y el racismo que profesan ante la audiencia popular.
Pero lo más inquietante a fin de consolidar las ambiciones de una transformación cultural a fondo, dentro de la proposición de construcción de una Sociedad Socialista, es justamente lo que Humberto Eco designa como el “hombre heterodirigido”, cuya conciencia está a merced de un bombardeo permanente y sistemático de mensajes ideológicos, capaces de modificar la visión del mundo de la víctima sin que ese proceso sea consciente.
A Granier, y lo que representa, hay que tenerlo sin contemplaciones como un adversario de clase, como un jurado enemigo capaz de reeditar cualquier aventura sangrienta en su desesperación. Granier es un sujeto postrado y al servicio de los más tenebrosos intereses antipatria. Por iniciativa propia o bajo órdenes, ha puesto en sus pantallas insistentemente, sin escrúpulo alguno, la violencia como arma predilecta para resolver los conflictos humanos, ha hecho de la fatalidad un dogma, ha propuesto a conciencia la lucha eterna entre el bien y el mal presentándolos como una calamidad inexorable, donde la acción del hombre es ociosa por su incapacidad para modificar un mundo inmanejable. En fin, propone la resignación absoluta. Y todo bajo el manto inocente del negocio y la diversión. De hecho vemos películas en el año 2300 donde seres de galaxias extrañas, luchan con una bestialidad sin precedente, cuyos deseos de conquista a sangre y fuego domina todos sus sentidos. Es decir, se repite la relación bien-mal como algo inevitable y eterno. Así fue, así será. Los blancos y los negros, los bellos terrenales y los monstruosos habitantes extraterrestres, los malos y los buenos…. los ricos y los pobres, como una implacable maldición bíblica por los siglos de los siglos. En una palabra se trata de reducir al hombre a un observador pasivo, ahistórico, impotente, incapaz de emprender cualquier transformación para alterar su destino.
Se nos ha dificultado el enfrentamiento con el adversario ideológico, en gran parte porque hemos sido, más que indulgentes, ciegos ante estas manifestaciones permanentes, sistemáticas, silenciosa, ocultas, de ideología; porque no le hemos asignado la importancia debida a toda esta subyacente red ideológica que nos ha envuelto –incluyo a altos dirigentes- en una telaraña perversa. Porque todo este dilema pasa fundamentalmente por la cultura y para decirlo con Rosa Luxemburg: “El Socialismo no es un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura” para coincidir con Gramsci y el Che Guevara. Gramsci por su parte retoma la teoría de la hegemonía de Lenin para concluir que la hegemonía de clase no sólo es política, ni económica, sino que se ejerce a través de la cultura socialista contra la cultura dominante, y la subcultura como apéndice, que sufre un proceso de hábil homogeinización con fines de manipulación y dominio. Es nuestro deber radicalizar nuestro enfrentamiento contra la cultura dominante, desmontar sus aparatos ideológicos, enfrentar los intelectuales mismos que no son otra cosa que reservorios de ideología. Pero pareciera que no hemos tomado plenamente conciencia de este claro concepto revolucionario y el enemigo ha tomado la iniciativa.
De esto nada menos se ha ocupado durante más de cincuenta años Granier y su familia. Es razonable entonces que anden de carreras, al verse sin su sofisticada arma, origen del prestigio y respeto con que lo distingue el neocolonizador. En el fondo no les molesta tanto perder el negocio, como tampoco sufrir la ausencia de las carantoñas de sus patrones, lo que les irrita es perder el poder –y la palanca de dominio- que le otorga un canal al servicio del Imperio Norteamericano. Y nuestro deber es comenzar por ejercer cierta coerción revolucionaria para que la propalación de la ideología del individualismo, el catecismo diario y sistemático de la explotación, de la ley de la selva, de la violencia y el neodarwinismo, amparada en la manida y falsa “libertad de expresión”, verdadera llave abierta de perversiones, no nos gane terreno.
lugo39lugo@yahoo.es
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