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A veces una persona no encuentra, recuerda o no quiere utilizar la palabra que designa a otra persona, cosa, situación, sentimiento, etc., y entonces recurre a otras palabras que son llamadas “comodines” por el valor que el pueblo les ha asignado para significar muchísimas palabras. “Llámame a ese carajo”, “pásame esa vaina”, “me siento de pinga”, “que verga tan buena”, son expresiones en que las palabras carajo, vaina, pinga y verga reemplazan a una persona, una cosa, un estado de ánimo y una situación, respectivamente, y la persona a quienes va dirigida entenderá perfectamente lo que se quiere decir, bien sea porque está dentro del contexto de una conversación o porque la frase se complementa con el lenguaje gestual o, aun sin darse esas circunstancias, porque ha pasado a formar parte del repertorio popular.
Los comodines en la lengua suelen identificarse con lo que la “gente de antes” llamaba groserías o “malas palabras” las cuales eran proferidas, generalmente, por varones adultos tratando de evitar que fueran oídas por las mujeres y los niños para que no se sonrojaran; hoy, en cambio, uno, que es viejo, es quien se sonroja cuando oye alguna conversación entre jóvenes y hasta niños, de uno y otro sexo, quienes con la mayor naturalidad utilizan un lenguaje en el cual las “malas palabras” casi han llegado a convertirse en muletillas, sin las cuales no pueden expresar lo que piensan.
Esa facultad que tiene el pueblo para atribuir nombres a las cosas no es ninguna novedad, ya que arranca desde El Génesis cuando Adán se entretuvo durante mucho tiempo dándole nombre a todo cuanto se encontraba sobre la faz de la tierra; lo que pasa es que después del diluvio, cuando se produjo la dispersión de los hijos de Noé y sus familias, con el tiempo muchos se olvidaron de los nombres que originalmente había puesto Adán y cuando se encontraban con algo que ya tenía nombre pero no lo recordaban le asignaban otro que no le correspondía, y en la medida en que esto se repetía se creó lo que los lingüistas de hoy llaman la POLISEMIA, que en lenguaje sencillo significa que una misma palabra puede designar a varios elementos y lo que complica más la situación es que muchas veces esa palabra polisémica, además de tener varios significados, entre los mismos los hay hasta OPUESTOS, como “lívido” que puede significar tanto “amoratado, que tira a morado”, como “intensamente pálido” o “viripotente” que significa “vigoroso, potente, sexualmente maduro” tratándose de hombre, pero resulta que la primera acepción es la de “mujer casadera” o “mujer en edad de casar o emparejar”:
Mucho tiempo después, los descendientes de Noé decidieron tener un reencuentro y para conmemorarlo proyectaron construir una torre de proporciones monumentales en Babel, que fue el sitio de reunión, pero apenas comenzada la construcción se dieron cuenta de que el proyecto era imposible completarlo en el tiempo previsto porque cada tribu le había asignado a un mismo elemento un nombre diferente y como estaban trabajando juntos todos los hombres de todas las tribus se armó un despelote porque cada vez que los directores de la obra pedían a los proveedores algún material les traían algo que no eran lo que habían pedido, aunque tenía el mismo nombre, o les pedían a los obreros que realizaran alguna labor y realizaban otra lo cual determinó que el proyecto se paralizara, apenas comenzado y terminaran de celebrar el reencuentro festejando e intercambiándose las distintas palabras que cada tribu utilizaba para designar un mismo objeto o concepto y, al final, cada tribu volvió a su región, pero habiendo aprendido que un mismo ser, objeto o concepto puede ser designado con varios nombres dentro de la misma lengua que es lo que los gramáticos llaman “SINONIMIA”.
Desde esa época la situación se ha complicado cada vez más por la cantidad de cosas y conceptos que el Hombre ha inventado y ha tenido que adjudicarle nombres los cuales se han ido incorporando al idioma, conocidos como “NEOLOGISMOS”, hasta que el pueblo mediante su uso repetido les confiere legitimidad y los académicos le permiten la entrada al diccionario. Algo similar a lo que ocurre cuando se designa algo, que ya tiene nombre en una lengua, con el nombre que se le da en otra, allí es cuando saltan los gramáticos: ”eso es un BARBARISMO”, lo cual proviene del vocablo “BARBAROS” con el cual los Romanos del Imperio designaban a todas las tribus que a partir del siglo IV penetraron las fronteras del mismo y provocaron su caída en el siglo V, y en el ínterin los lenguajes de los bárbaros se fusionaron con el latín de los Romanos dando origen a las llamadas LENGUAS ROMANCES (español, francés, portugués, rumano, italiano, etc.) y provocando la muerte de la lengua madre, el latín, para arrechera de los puristas del idioma, que piensan que las lenguas sólo deben obedecer a las reglas y preceptos establecidos por un reducido número de personas que las dictan o dictaron en alguna oportunidad, olvidando que quien utiliza las palabras y termina por darle legitimidad es el pueblo, a pesar de la resistencia de los gramáticos y puristas que tratan de oponerse a la “vivacidad” de las lenguas. Hoy, más refinadamente, a los barbarismos se los califica como ANGLICISMO, GALICISMO, GERMANISMO, etc., según provengan del inglés, francés o alemán, así como existe una enorme cantidad de palabras que provienen del árabe que se incorporaron a nuestra lengua durante los casi ocho siglos de ocupación de la Península Ibérica (todavía no se había publicado la gramática de Nebrija ni existía la Real Academia Española) que son fácilmente identificables: Todas las palabras del castellano que comienzan por la sílaba “AL” provienen del árabe, es decir, que en algún momento fueron consideradas “ARABISMOS”.
alejandrourbano@intercable.net.ve
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