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¿Tomamos el te o nos suicidamos?
Marcos Winocur
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El lector seguramente ha reparado en cuántas y cuántas personas transitan por la calle como enfermos terminales. No han logrado disimularlo del todo y se les nota retratado en los ojos. Tal vez entre ellas nos contemos el lector y yo, quiero decir: somos tan fallidos simuladores como los demás. En rigor, los humanos, más: todos los seres vivos, llevamos pintada la muerte desde el nacimiento o, si se quiere, desde la concepción misma.

Claro, en el hombre los primeros años de vida se pasan muy ocupados en descubrir el mundo y todavía no ha llegado la notificación oficial tanática, de modo que la fase terminal no se siente, o casi, y claro, no se nota, o casi. Ya avanzada la infancia, los miedos se focalizan, son heraldos de la muerte, pero no tarda la adolescencia en irrumpir, borrón y cuenta nueva: volvemos a estar muy ocupados, esta vez con el sexo, y la muerte no pasa de tema de conversación. Por fin, al descomponerse la adolescencia, ya no caben aplazamientos. Es cuando recibimos la notificación oficial tanática: somos enfermos terminales desde siempre y cualquiera sea la edad que alcancemos. Esto dice la notificación tanática y cada humano ha de recibir la suya.

Ante esto, hemos acordado el pacto del silencio. Que nuestro vecino no se entere de que un día voy a morir. Que los cuates no se enteren de que un día voy a morir. Que nadie... no podemos evitar que los hijos lo sepan y pregunten, pero a ver si rápido lo olvidan. Y ¡salir a la calle sin mirar a los ojos de los demás, salir sonrientes como si estuviéramos ante el cómplice espejo!

Y sorteamos la tentación del suicidio. Este fenómeno merece un párrafo. Obedece a múltiples motivaciones, cada caso es un universo, pero algo es común a todo suicidio: resulta una eutanasia si estamos a lo dicho, que cada ser vivo está desde el comienzo en fase terminal. Y también: como toda persona que muere, el suicida lo hace en soledad. Esto no se entiende bien a menos que se lea con atención el cuento de León Tolstoi sobre Iván Ilich. Los seres que rodean al moribundo no pueden acompañarlo más allá de una cierta barrera de su percepción, por más amor que le profesen.

Por cierto, el suicida viene reforzando su soledad desde el momento en que tomó la decisión de dejarse llevar por la pulsión tanática. Difícilmente pueda confesar su propósito, sería maltratado como si fuera un delincuente, el suicidio es un acto clandestino, es el juego del hecho consumado: mejor pedir perdón que pedir permiso (perdón, claro, en carta póstuma). Tampoco es fácil entender el grado de soledad que alcanzan los suicidas. Cada uno se considera el último Adán, no queda otro sobreviviente sobre la faz de la Tierra, y se niega a una vejez estéril. Con él se consumará el fin de la especie porque no hay más especie que él mismo. ¿A qué esperar? Nadie vendrá, no creo en milagros. Y nadie hay para condenar mi acción, soy libre. Así se siente el suicida y con esa convicción toma la sobredosis de su propia mano.

Pero antes, apaga el televisor y desaparece el mundo virtual. Y luego, toma la sobredosis y desaparece el mundo real.

Ahora bien, entre la caída de la fortaleza del óvulo y la caída del telón final, media un lapso llamado vida. No hemos vacilado en tratarlo íntegramente como fase terminal. Parece otra forma de dar nombre al ser-para-la-muerte de Heidegger, anticipado por Hegel. Allí donde el ser humano cree amargamente descubrir que llegó para marcharse, con lo cual cada acto, sea preferir el té al café, sea hacerse un revolucionario o un conservador, está marcado por el absurdo: la misión del acto es decretar que el acto será cancelado. Con ello alcanza la cima de lo autodestructivo. Ciertamente, el hombre no puede concluir que llegó para quedarse, eso se lo dejamos a los dioses inmortales. Pero tampoco impresiona que llegó para marcharse.

Ni una ni otra. El hombre aparece como un hacedor cosas, que algunas veces devienen en causas. Si logra los objetivos, si por lo menos los deja encaminados en otras manos, entonces se dice que el individuo muere tranquilo. En verdad, por más empeño que se haya puesto, las cosas y las causas son tan vulnerables y perecederas como el hombre mismo. Van innovando hasta que un día se cierra el ciclo y la nueva cosa y causa es... recomenzar. Sí, recomenzar luego de la destrucción de todo, el regreso a punto cero. Es al menos una lectura cosmogónica probable que hoy podemos hacer desde nuestra pobre casa mayor o tercer planeta del sistema solar. Y la pregunta es obvia: ¿a qué entonces tanto empeño si todo va a ser nada? Es el alegato de Mefistófeles frente al Fausto de Goethe.

Por lo demás, el hombre se ha mirado en la naturaleza y este construir sin sentido evidente, seguido del destruir para recomenzar una historia similar, como si la anterior no sirviera, dibuja dentro suyo la pulsión tanática y el hombre levanta su mano anticipándose al juego insensato de la naturaleza, del cosmos donde habita. Yo también quiero destruir, clama el hombre, y debe hacerlo antes que la huella de sus pasos sea borrada. Ya no pregunta más, se limita a imitar como un buen hijo de Mamacita Naturaleza.

Durante mucho tiempo, la pregunta del sentido de la vida fue considerada propia de la Metafísica. Desde que el big bang nos proporciona el modelo estándar de la evolución del universo, la pregunta ha sido retirada de circulación, y por todo otro informe dirigirse a la Astrofísica. Con el big bang -esa cósmica explosión inicial del universo-, de una cosa estamos seguros: se nos viene el Apocalipsis. Unos dicen que será vía implosión, el big crush, otros afirman: vía dispersarse en el vacío sin que haya réplica sino indefinida continuidad del movimiento galáctico hacia afuera. Como sea, Apocalipsis.

Y bien, si admitimos como vano ese proceder del universo, y de todos modos resolvemos seguir adelante, la conclusión práctica resulta necesariamente lúdica. A jugar donde no podemos entender. Dejamos de lado los planes de suicidio, a vivir como los niños de antes, inocentes y sabios. Vamos a ver. ¿Jugamos a hacer política? ¡Nooo, qué aburrido! Mejor, a las comiditas. Tendemos la mesa para el té, adoptamos el aire serio de las personas importantes y esperamos a los convidados. Si son mexicanos, llegarán tarde. Si son ET, tal vez ya estén entre nosotros. ¿Con crema o con limón?

En sus últimos años de vida, Jorge Luis Borges dijo: “Si fuera valiente, me suicidaría. Como no lo soy, seguiré jugando un rato más y que la muerte me suicide.” Nada más nos queda por agregar. ¿Ah, sí? Pues fíjate que no. Los niños de la calle ¿se pondrán a jugar a ver quién tiene más hambre que el otro? Perdón, perdóname, me olvidé de decirlo: esta “filosofía ludista” es groseramente del Primer Mundo. Si tienes hambre, si tienes frío, si te persiguen, si eres seropositivo, si para ti están cerrados los mercados de trabajo, si te discriminan racialmente, si te llevan a la guerra, entonces vives prisionero del reino de la necesidad y nada se antepone a ello. Llegas a pensar en la muerte, en el suicidio, para escapar de este mundo lo antes posible, no por su inutilidad, ni te detienes a pensar en el big bang o en el sentido de la vida. Sufres, sufren los tuyos, punto.

Lo lúdico, siempre y cuando las necesidades estén satisfechas. Cuando crees haber pasado al reino de la libertad y ante ella quedas impotente pues Mamacita Naturaleza, con tu libreto ya escrito, no te dejará ejercerla, entonces te refugias en lo lúdico. Afuera suceden las cosas, tal vez estén por desembarcar los ET y el té ya se ha enfriado. Bah, no interesa, con o sin ET tú no puedes influir en el curso cósmico. No obstante, has decidido permanecer. Entonces ¿qué? ¿Tomamos el té o nos suicidamos? No, qué güeva, dice Nuria, para mí cortado con un chorrito de leche.

marcoswinocur@yahoo.com.mx
México



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