El individualismo se opone frontalmente al sentido común, que es el sentido de comunidad.
Las sociedades más antiguas conocidas, en la edad de piedra, se sustentan en el sentido de comunidad, no en el endiosamiento del individuo. Allí la palabra dada es sagrada, aquí no vale nada. Allí los abogados sobran, aquí son imprescindibles.
El fetiche tecnológico no impide que exista un límite biológico para el crecimiento personal y económico. Las sociedades primitivas conocen perfectamente ambos límites, por eso han sobrevivido hasta nuestros días. En cambio, nuestra petulante sociedad occidental, en solo 200 años, parece dispuesta a suicidarse... en la defensa propia de su ego, de su lucro, de su propiedad.
La raíz de la crisis global es ética, no energética.
Pero ni el burgués, ni el oligarca, ni los aspirantes a tales, ni los Reyes ni la Iglesia ni sus esbirros están dispuestos a abandonar el juego criminal de la Bolsa, el kkPPtalismo, el templo de exterminio biológico y de la justicia social.
Cualquier intento de diálogo con estos ambiciosos adictos al egoísmo es inútil. El abate Jean Meslier (1664-1729) lo expresó de manera agresiva: “Mi último y más ferviente deseo sería estrangular al último rey con las tripas del último cura”.
Mi primer deseo es más práctico: me contento con declarar antisocial el ánimo de lucro; a continuación pondría a trabajar a perpetuidad a sus defensores en la limpieza del monte público. De este modo devolverían la riqueza que han expropiado a los Pueblos.