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  Teoría e ideología
  Sociedad
Desestructurando la estructura sexista
Luciana McNamara
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Comencemos planteando la siguiente pregunta: “¿Cuáles son (...), esas relaciones en las que una hembra de la especie [humana] se convierte en una mujer oprimida?“ interrogante con que Gayle Rubin inicia el texto El trafico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo. Aquí se hace un intento por analizar las causas que pudieron originar la opresión social de las mujeres tomando en cuenta que, bajo ciertas formas de relaciones sociales, pueden existir distintas percepciones e interpretaciones sobre el “otro”; y que, de hecho, el tipo de relación social con la que coexistimos nosotros y coexistieron muchos de nuestros antepasados, es la que ha mantenido la desigualdad sexual que hasta ahora conocemos.

Para poder incursionar un poco sobre este tema que propone Rubin, comencemos diciendo que, como sabemos, los seres humanos somos criaturas sociales y no animales aislados. El hombre difícilmente podría sobrevivir completamente solo. Por eso, a lo largo de su vida, ha pertenecido a numerosos grupos sociales, y de hecho, fuera de esos grupos no existe vida social. Tal es así que, el hombre, ha desarrollado su actividad a través de esos grupos sociales; su conducta y su comportamiento son el resultado, mayormente, del aprendizaje y de la experiencia vivida con los demás seres humanos. Todo individuo se expande, crece, mediante la interacción con otros individuos. Al realizar una acción social, además de actuar personalmente, actúan en un hecho que cobra significado estando interrelacionado con otras acciones de otros individuos. De esta manera, se va tejiendo una estructura social formada por la unión de grupos muy diversos que se interrelacionan entre sí.

En el complejo y diversificado mundo en que vivimos, no todas las formas de vida e interrelaciones humanas suelen ser iguales. Por el contrario, debemos partir de la idea de que cada región de nuestro mundo tiene una manera singular de existir, y que cuyas características dependen, directamente, del acatamiento o desobediencia de las múltiples normas, pautas y prohibiciones establecidas -dentro de cada una de las distintas colectividades- por los seres humanos.

Cada sociedad –independientemente de su tamaño o nivel cultural- contiene distintos estructuras de organización para que sus habitantes convivan más o menos “equilibrados”. Al decir “distintos grados”, hablamos comparativamente con respecto a todas las sociedades del mundo. Es decir, todas y cada una de las sociedades poseen sus propios códigos de convivencia para mantener su identidad y asegurar su continuidad en el transcurso del tiempo; por lo que no quiere decir que unos códigos sean más correctos o menos correctos que otros

Todas las articulaciones –normas, patrones, medidas, leyes- que puedan hallarse para asegurar la existencia dentro un grupo social cualquiera, corresponderán únicamente a auto satisfacer las necesidades generadas por sí y dentro de sí mismo. Esto puede interpretarse, obviamente, como algo “natural”. Algo que surge “naturalmente” dentro de la sociedad como mecanismo de supervivencia. Pero si pensamos por un momento que esas articulaciones son de hecho creadas por el hombre, ¿qué nivel de perfección podrían tener?; o de honestidad, o de ética. Cabría preguntarnos entonces si, ¿estamos en presencia de una acción de la naturaleza o de una cultura? Podríamos imaginarnos también, ¿qué porcentaje de natural o de cultural tendrían determinadas acciones humanas dentro de un grupo social? o, ¿dónde termina la naturaleza y dónde comienza la cultura?

Lo cierto es que, el aparato social que el ser humano ha creado para controlar y mantener el “orden” social, ha sido durante siglos -casi de forma universal- un sistemático instrumento psíquico y material de dominación que, como dice Rubin, ha empleado a las mujeres como materia prima y moldeado mujeres domesticadas como producto (Rubin, (S/f):17). La articulista basa su texto analizando las teorías estructuralista del antropólogo francés Claude Lévi Strauss y Psicoanalista del alemán Sigmund Freud, mediante las cuales trata de deconstruir lo que para ella es el concepto de “sistema de sexo/género”, que preliminarmente define como “...el conjunto de disposiciones por el cual una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana y satisface esas necesidades humanas transformadas” (Rubin, (S/f):17).

Pasando brevemente por Marx, advierte que éste no trabajó el caso de la opresión sexual, sino que casi con exclusividad, si lo hizo con la opresión de clase. Engels, por su parte, alcanzó a tocar el tema ubicando “...la subordinación de las mujeres como un proceso dentro del modo de producción”, donde adjudicaba el traspaso de la herencia de forma “patrilineal”, padre-hijo, por lo que anulaba todo “derecho materno”; y ese derrocamiento, para él, fue la derrota histórica mundial del sexo femenino. (Rubin, (S/f):27). También este último incursionó a través la teoría del parentesco “el segundo aspecto de la vida material”; pero fue el mencionado Antropólogo francés quien estudió en profundidad los sistemas de parentesco como sistemas de categorías y posiciones dentro de una sociedad que incluso, llegan a ser más importantes que los sistemas biológicos –o naturales-. Explica cómo están formadas las estructuras sociales que serían el origen y la naturaleza de toda sociedad humana: las relaciones construidas, las normas, los patrones, las prohibiciones establecidas, reglas culturales que, en muchos casos, se oponen a verdades biológicas creando, justamente, las desigualdades sexuales y las descomposiciones.

En el libro Las estructuras elementales del parentesco, Lévi Strauss comenta que, "El hombre es un ser biológico al par que un individuo social" (Lévi Strauss, 1983:35). Entre sus respuestas a estímulos externos o internos, unas corresponden totalmente a su naturaleza y otras a su situación cultural. "La constancia y la regularidad existen, es cierto, tanto en la naturaleza como en la cultura. (...) En un caso, representan el dominio de la herencia biológica; en el otro, el de la tradición externa (...) [Continua diciendo que], En todas partes donde se presente la regla sabemos con certeza que estamos en el estadio de la cultura. Simétricamente es fácil reconocer en lo universal el criterio de la naturaleza, puesto que lo constante en todos los hombres escapa necesariamente al dominio de las costumbres, de las técnicas y de las instituciones por las que sus grupos se distinguen y oponen (...) Sostenemos pues, que todo lo que es universal en el hombre corresponde al orden de la naturaleza y se caracteriza por la espontaneidad, mientras que todo lo que está sujeto a una norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y de lo particular" (Lévi Strauss, 1983:41).

Es decir, que la cultura va acomodándose dentro de la naturaleza, de manera tal que, consigue el mecanismo para permitir una incorporación de actitudes de origen cultural en comportamientos que son, en sí mismos, netamente biológicos y logra integrarse para conformar nuevos preceptos. Estos nuevos preceptos son elementos coercitivos aplicados principalmente a las mujeres desde hace siglos, ya que son ellas la “materia prima” del sexo y la procreación, intervenidas para hacer cumplir un objetivo económico, político, social, religioso y hasta cultural, producto de las relaciones sociales establecidas en la sociedad en la que viven.

Una cantidad de reglas establecidas en sociedad, relacionadas con la estructura del sistema de parentesco son las que han dado paso, no solo al origen de la sociedad sino también al de la opresión femenina. Levi Strauss las ha llamado, “el intercambio de mujeres entre los grupos humanos”, “el tabú del incesto”, “las alianzas”, “las reglas del matrimonio”, las del “regalo”, todas ellas, organizando el universo de la elección sexual en categorías de compañeros permitidos y prohibidos (Rubin, (S/f):31). Las mujeres así, han pasado a ser el producto de las relaciones establecidas, y no como participantes de ellas; están de tal modo constituidas, que pasan a no disfrutar de los beneficios de su propia circulación o sacrificios. “Si Levi Strauss está en lo cierto al ver en el intercambio de mujeres un principio fundamental del parentesco, la subordinación de las mujeres puede ser vista como producto de las relaciones que producen y organizan el sexo y el género” (Rubin, (S/f):36).

Según expresa el antropólogo francés, la regla de la cultura por excelencia es la de la prohibición del incesto. Ésta sería una regla social de rasgo universal. La prohibición del incesto rebasa el carácter particular para ser de carácter global; en todas [casi todas] las poblaciones del mundo esta presente el tabú del incesto. El incesto delimita con quién no se puede, ni se debe casar, con quien no se puede, ni se debe tener relaciones sexuales con un fin reproductivo. “Si la organización social tuvo un principio, éste sólo pudo haber consistido en la prohibición del incesto, esto se explica por el hecho de que (...) la prohibición del incesto no es más que una suerte de remodelamiento de las condiciones biológicas del apareamiento y de la procreación (que no conocen reglas, como puede observarse en la vida animal) que las compele a perpetuarse únicamente en un marco artificial de tabúes y obligaciones. Es allí, y sólo allí, que hallamos un pasaje de la naturaleza a la cultura, de la vida animal a la vida humana, y que podemos comprender la verdadera esencia de su articulación (Lévi Strauss, 1974:37).

Entonces, ¿en qué momento aparece la condición de subordinación femenina? ¿Parece estar tan arraigada como lo está un árbol a la tierra?. Rubin opina que “Como Lévi Strauss sostiene que el tabú del incesto y los resultados de su aplicación constituyen el origen de la cultura, se puede deducir que la derrota histórica mundial de las mujeres ocurrió con este mismo origen y que también es un requisito de ésta. Si se adopta su análisis desde un punto de vista estricto, el programa feminista tiene que incluir una tarea aún más onerosa que el exterminio de los hombres: tiene que tratar de deshacerse de la cultura y sustituirla por otro fenómeno enteramente nuevo (Rubin, (S/f):35).

Eso parece difícil. Pero por otro lado para la autora, la organización social del sexo se basa en el género, mecanismo creado enteramente por la sociedad, -es decir, socialmente impuesto- para, precisamente, llevar a cabo todo un sistema de relaciones sexuales en detrimento de las féminas; el control sexual para asegurar el dominio social tanto en funcion de crecimiento o disminución de la población como en funcion de detentar los poderes existentes; y la medida de una heterosexualidad obligatoria, caso este que se aplica a ambos geeneros. El mismo sistema de parentesco crea una división sexual en el trabajo y en los roles en general y funge igualmente como instrumento para establecer una dependencia de la mujer por el hombre, basándose en motivos sociales y económicos. Rubin dice al respecto que “La división del trabajo por sexos, por lo tanto, puede ser vista como un “tabú”: un tabú contra la igualdad de hombres y mujeres, que divide los sexos en dos categorías mutuamente exclusivas y que exacerba las diferencias biológicas y, así, crea el género. La división del trabajo puede ser vista también como un tabú contra los arreglos sexuales distintos de los que contengan por lo menos un hombre y una mujer, imponiendo así el matrimonio heterosexual” (Rubin, (S/f):37).

Ante todo este panorama castrante de individualidad y esencia biológica, pareciera ser que son pocas las alternativas existentes. Y más aún cuando al parecer, es el subconsciente humano el creador de todos los sistemas estructurales que rigen en una sociedad. Si, “...la teoría psicoanalítica de la feminidad ve el desarrollo femenino basado buena parte en el dolor y en la humillación (...), se necesita bastante esfuerzo y fantasía para explicar cómo puede alguien disfrutar el ser mujer (...). Por fantástico que parezca, el objetivo es convencer que el hallar alegría en el dolor forma parte del proceso de adaptación de las mujeres a su rol reproductivo, porque el parto y la defloración “son dolorosos” (Rubin, (S/f):56). Entonces nos preguntamos: ¿qué tan intrínsecamente estará enraizada -en el subconsciente humano-, la opresión a la mujer? O ¿qué tan fálica es aún nuestra sociedad actual como para no apuntar hacia la eliminación del género masculino? Las respuestas quizás sean alentadoras: llevar a cabo toda una re-evaluación del sistema social que recree el sexismo y deje de ver al género como la representación de las diferencias, como la mejor de las excusas para las divisiones sexuales del trabajo y la determinación de roles, para las injusticias y la desmoralización en general. Retomar el plantearnos nuevas alternativas que justifiquen el cambio –para unos- y que aseguren la transformación -para otros-, podría ser esa una muy buena opción. ¿Y Cómo?, dejando las teorías de sobrevalorización del pene, por ejemplo; reorganizar el sistema sexual de manera que el hombre no tenga derechos superiores sobre las mujeres; no suprimir la homosexualidad; prescindir del género como terminología segregacionista, en fin, una reforma a las reglas del “parentesco” y tal vez, una revisión más a fondo de las teorías antropológicas y psicoanalíticas, cientificistas en general, a fin de eliminar cualquier tipo de lenguaje sexista.

Terminaremos citando un pensamiento de Gayle Rubin, acaso utópico, pero ilusionado y esperanzador: “Pienso que el movimiento feminista tiene que soñar con algo más que la eliminación de la opresión de las mujeres: tiene que soñar con la supresión de las sexualidades y los roles sexuales obligatorios. El sueño que me parece más atractivo es el de una sociedad andrógina y sin género (aunque no sin sexo), en la que la anatomía sexual no tenga ninguna importancia para lo que es una persona, lo que hace y con quien hace el amor” (Rubin, (S/f):63).


BIBLIOGRAFIA:

RUBIN, Gayle. El trafico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo en NAVARRO, Marysa. STIMPSON, Catharine (S/f) Un nuevo saber. Los estudios de mujeres. ¿Qué son los estudios de Mujeres? (fotocopia).
 

LEVI STRAUSS, Claude (1983) Estructuras Elementales del Parentesco. Editorial Paidos. México

LEVI STRAUSS, Claude (1974) La Familia. Editorial Anagrama. Barcelona.

NAVARRO, Marysa. STIMPSON, Catharine (S/f) Un nuevo saber. Los estudios de mujeres. ¿Qué son los estudios de Mujeres? (fotocopia)



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