En una de las vitrinas del Museo Bolivariano de Caracas hay
una vieja hamaca desflecada, con los colores que fueron vivos, amortecidos por
el tiempo. Es una hamaca de Bolívar. Fue una de las que él usó durante los
largos años de aquellas campañas inagotables, de aquella andanza sin tregua que
se tejió y retejió como el hilo del destino, por entre selvas, cumbres,
ciénagas y llanuras, desde la boca del Orinoco hasta las riveras del Titicaca.
Esa hamaca colgó en la sala rústica de la casa del pueblo:
Entre dos árboles a la intemperie para acampar por la noche. Durante los
tiempos más difíciles y agitados de su lucha Bolívar no tuvo otro lecho. Era su
cama, su silla de trabajo. Por la noche en tierra caliente, se tendía en ella a
dormir su breve sueño nervioso. Al llegar, lo primero que hacía el asistente
era tenderla. Venían los secretarios y los ayudantes y se ponían alrededor.
Mientras él se mecía y se levantaba sin cesar, dictaba cartas y disponía
operaciones.
Alguno de los europeos que menos lo entendieron no dejaron
de escribir profusamente aquel uso de la hamaca. Les parecía que era la señal
de su inferioridad y de su barbarie.
Hippisley y Ducoudray Holstein, por ejemplo, que escribieron
amargos libelos contra él, hablaban con insistencia de la hamaca. Les parecía
degradante.
La hamaca era el lecho del indio. Del indio pasó al mestizo
criollo. Es cama y el sillón del hombre del pueblo. Viene de la más remota y
profunda América. Forma parte esencial de una manera de vivir y por ello mismo
también de una filosofía de la vida. Para quienes no entienden esa hamaca de
Bolívar les ha de resultar difícil o imposible entender aquel hombre
extraordinario y tan complejo. Que es precisamente lo que le pasó a Hippisley y
Ducoudray Holstein. Y a tantos de ayer y de hoy.
Esa hamaca es manifestación de la americanidad fundamental
de Bolívar. Había aprendido, probablemente a usarla y a amarla, en la casa
paterna. Los esclavos que le enseñaron su uso debieron transmitirle también los
más vivos valores tradicionales de la cultura popular de su país. Cantares,
leyendas, música, consejas, proverbios, de indios, de negros, de mestizos. Que
en su alma se mezclaban a la otra tradición, igualmente viva y vieja, que
recibía de padres, maestros y mayores.
Sobre ese espíritu nutrido así de vivas raíces criollas y
españolas vino a depositarse la cultura europea. Los libros de los
enciclopedistas franceses y racionalistas ingleses, el arte poético de Boileau,
el Emilio del gibelino, el lujo y el refinamiento del Madrid de Godoy,
del París del consulado y del Imperio, y del Londres del final de Jorge III.
De esa época son sus dispendiosas aventuras del Palais Royal
y tal vez aquel retrato del joven dandy que pudo pintar Gill en un taller
londinense en 1810. Exterior y superficialmente debía parecer un joven rico de
la aristocracia europea. Pero en lo profundo seguía vivo lo otro. A ratos
afloraba con poderoso impulso. Con vehemente pasión que lo llevaba a renegar de
aquella vida fácil y grata en que parecía complacerse. Así debió ocurrir en sus
conversaciones en París con el Barón de Humboldt. Humboldt hablaba con pasión
de aquella América de grandes ríos y selvas tropicales y de helados páramos y
de sus pobladores. De una naturaleza de misterios y poderosa en creación y
destrucción de la que Europa sabía poco, y de unas gentes no menos conocidas,
pero llenas de destino y deseosas de encontrar su camino en la historia.
Con Simón Rodríguez también hubo de volver muchas veces al
tema americano. Su antiguo maestro de primeras letras en Caracas le sirvió de
guía por el mundo del racionalismo en sus dos visitas a Francia. Juntos
hicieron a pie el viaje París a Italia divagando libremente por los reinos de
la cultura y de la curiosidad. Rodríguez había partido de Rousseau en busca de
una pedagogía que pudiera realizar el destino americano. Tanto debieron hablar
de su América criolla en acuerdo y en contradicción con las ideas europeas que
al término de la andanza, entre ruinosos mármoles de una colina romana, el
joven hizo el exaltado juramento, digno de un héroe de Byron, de consagrar su
vida a alcanzar la independencia para la América española.
Su vuelta a América en 1807 es vuelta y regreso en más de un
sentido. Regresa no solo a dedicarse a la causa exterior de lograr la
independencia de su América, sino a la causa profunda de entender y realizar
aquel mundo tan lleno de oscuras posibilidades.
Para muchos hombres de aquel tiempo el proceso de la
independencia parecía poder reducirse a una simple amputación. Cortar la
dependencia que los ataba a la corona de España, sin que ocurrieran conmociones
o «peligrosas novedades», sin contaminación de afrancesamiento subversivo. Para
éstos, la ruptura de la dinastía española con la invasión napoleónica pareció
ofrecer la oportunidad ideal.
Otros, gente más cosmopolita y enamorada del progreso,
concebían la independencia como una oportunidad de poner en práctica las
instituciones y los ideales de la república democrática tal como se había visto
en los Estados Unidos y en Francia.
Bolívar advierte desde el primer momento que el problema es
otro, mucho más complejo y arduo. No es el de satisfacer los intereses
materiales de quienes no tienen sino intereses, ni el de realizar delirios
ideológicos de quienes no tienen sino teorías. Habrá primero que ganar la
independencia en los campos de batalla y no en meras actas de asambleas, y habrá
luego que buscar las instituciones estables que correspondan a la realidad
económica y social de la
América hispana.
Bolívar ve fracasar la primera república de Venezuela en
1812. Había sido proclamada y creada sin sangre y sin tropiezos. La habían
dotado de una constitución donde habían acomunado todas las perfecciones
teóricas de una república ideal. Y sin embargo se derrumbó rápida y
dolorosamente ante la marcha de un soldado afortunado.
En medio de aquella primera catástrofe Bolívar revela
algunos rastros esenciales de su extraordinario carácter. Su capacidad de
comprender la realidad y su fe indomable. Desde el primer momento manifiesta la
convicción de que nada está perdido y que el triunfo final habrá de pertenecer
a los patriotas. En su Manifiesto de Cartagena de 1812 y en su Carta de Jamaica
de 1815 no sólo aparece esa convicción en el tono más enérgico y persuasivo,
sino que también plantea el problema de la organización de los nuevos estados
americanos en los términos más penetrantes y exactos en que nadie lo había
hecho hasta entonces.
Lo que Bolívar concibe claramente desde el comienzo, y que
se convierte en la norma directa y fundamental de su pensamiento y de su
acción, es la idea de la peculiaridad del mundo americano. Las concepciones y
las teorías aprendidas en Europa o en los Estados Unidos deben adaptarse a las
características de los nuevos países. La geografía, la historia, las antiguas
leyes, los usos tradicionales de esos pueblos deben ser tenidos en cuenta de
manera primordial. Sobre esos hechos deben meditar los legisladores para
concebir las instituciones adecuadas.
En 1819, en su Discurso de Angostura, que es acaso la más
luminosa de sus piezas escritas, plantea claramente el problema de que las
nuevas naciones necesitan hallar instituciones propias. Sus ideas de entonces
vienen a ser como la consecuencia y el desarrollo de las que había expresado
con tanta clarividencia en 1815, desde el destierro de Jamaica, en su famosa
carta dirigida a un caballero inglés: «Nosotros somos un pequeño género humano;
poseemos un mundo aparte, cercado de dilatados mares; nuevos en casi todas las
artes y las ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad
civil».
La intuición genial de esa realidad es la que dicta su
acción de guerrero y su obra de político. La creación de un ejército capaz de
ganar y asegurar la independencia de la América española durante quince años de guerra
hubiera sido empresa suficientemente colosal para asegurar su gloria. Bolívar
sabe hallar el ejército espontáneo que estaba en el espíritu de su pueblo. Su
táctica es que la geografía y la psicología popular le dictan. Él sabe hallar
el profundo minero de energía que estaba como dormido debajo de aquellas pieles
morenas y de aquellos ojos que habían parecido sumisos durante tres siglos. Él
va hacer del ejército «el pueblo activo». Con ese ejército de campesinos que toma
las armas sin abandonar sus ropas de labranza, los más descalzos, los más
durante los primeros tiempos sólo con armas blancas, sin intendencia, sin
soldada, casi sin medicinas. Con ese ejército, en más de cuatrocientas acciones
de armas y en un teatro de operaciones de más de cinco millones de kilómetros
cuadrados, Bolívar gana la independencia para los países que hoy son Venezuela,
Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá y pone fin al dominio español en la América del Sur.
Esta es la obra de su tenacidad, de su voluntad heroica pero
también de su medio, de su hora y del genio de su pueblo. Uno de sus más
notables contrincantes, el General español Pablo Morillo, quien vino a
combatirlo a Venezuela al frente de la mejor y más numerosa expedición de tropas
peninsulares que nunca vino a América, dijo de él: «Alma indomable, a quien le
basta un triunfo, el más pequeño, para adueñarse de quinientas leguas de
territorio... Bolívar es el jefe de más recursos y no hallo cómo ponderar su
actividad. Mucha fuerza se necesita para vencer a estos rebeldes que no
desmayan con ninguna derrota y que están resueltos a morir antes que
someterse... Nada es comparable a la incansable actividad de este caudillo...
Su arrojo y su talento son sus títulos para mantenerse a la cabeza de la
revolución y de la guerra».
Simultáneamente con la guerra se le va planteando el
problema de la organización de los nuevos estados. Su ideal político interno es
el de la libertad sin anarquía, el del orden sin la injusticia, el de la «mayor
suma de felicidad posible» para todos. En Angostura lo expresó con toda
claridad: «Un Gobierno Republicano ha sido, es y debe ser el de Venezuela; sus
bases deben ser la soberanía del pueblo: la división de los poderes, la
libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía
y de los privilegios». A ese objeto han de ir encaminados sus pasos durante
toda la larga pugna por establecer un orden político estable en las nuevas
naciones. Las circunstancias y los medios varían en ocasiones. Pero el fin se
mantiene el mismo hasta su última hora.
Para la política exterior concibe desde los comienzos de la
revolución la necesidad de que la
América hispana se organice como un todo o por lo menos como
un conjunto de grandes estados y confederaciones. Ya desde 1813 habla de la
necesidad de unir a la
Nueva Granada y Venezuela. Más tarde se lanza a la empresa de
convocar el Congreso de Panamá de 1826 para establecer una organización
americana que pudiera ser el punto de partida de una organización internacional
ecuménica. Su América debe organizarse para convertirse en uno de los polos del
equilibrio universal. En 1813 había hecho publicar en Caracas lo siguiente: «La
ambición de las naciones de Europa lleva el yugo de la esclavitud a las demás partes
del mundo; y todas estas partes del mundo debían establecer el equilibrio entre
ellas y la Europa,
para destruir la preponderancia de la última. Yo llamo a esto equilibrio del
Universo y debe entrar en los cálculos de la política».
Él se hace el supremo intérprete del alma criolla en trance
de creación. Nadie caló más hondo en la naturaleza de su pueblo y miró con más
anticipación los peligros del porvenir.
Tenía en la cabeza todo lo que podían tener las gentes más
cultas de su tiempo. Pero solo como antecedente, como complemento o como punto
de partida. Para la interpretación del destino de aquel «pequeño género humano»
era poco lo que podían servirle las concepciones europeas. América era cosa
distinta y debía dar sus propias soluciones. Su Rousseau, su Montesquieu, su
Bentham estaban en él balanceados por su poderosa comprensión del instinto del
llanero a caballo, del andino de ruana, del boga de los grandes ríos. Había
sabido macerar lo europeo en la vigilia de la hamaca criolla. Lo que iba a surgir
en acción y en pensamiento era cosa distinta: la concepción americana de
Bolívar.
Aquella hamaca resulta así de un gran simbólico. Es el
legado visible y pintoresco del mundo criollo donde están clavadas sus más
hondas raíces.
Menudo, nervioso, iluminado, impulsivo, resonante, la vida
de Bolívar parece consumirse en una angustiosa fiebre de creación. Sus
problemas no fueron nunca solamente los del general de un ejército, ni los de
gobernante de un país. Él se sentía cargado con la responsabilidad del destino
americano. De realizarlo él, o de que quedara irrealizable durante
generaciones. Las batallas, las marchas, los problemas administrativos, las
combinaciones políticas venían a reducirse a fragmentos o etapas de aquella
inagotable empresa sobre humana a la que se había sentido consagrado. «Yo soy
el hombre de las dificultades» dijo en alguna ocasión, y en otra dijo también
que era uno de los mayores majaderos de la humanidad. Con lo que declaraba el
carácter desesperado y extraordinario de su vocación.
Su grandeza y su tragedia arrancan de esa compleja
comprensión de su misión. Si hubiera sido un mero ideólogo imbuido de ideas
aprendidas de Europa, republicanas o monárquicas, como abundaron tantos en su
tiempo, habría encontrado satisfacción y derivativo en la proclamación de
principios teóricos.
Si hubiera sido tan solo un oportunista, apegado a las
circunstancias se habría dedicado a disfrutar de su botín de autoridad sobre el
inmenso territorio capturado. A hacer en grande lo que después hicieron todos
los caudillos locales.
Pero él no quiere ni lo uno ni lo otro y ambas formas le
parecen males abominables. Detesta a los ideólogos tanto como a los hombres de
presa. La independencia no le parece el fin sino un paso previo. Lo más
importante es lo que ha de venir después: la organización del mundo de Colón en
una poderosa estructura política, donde quepan las realidades y las esperanzas
sin daño y sin engaño.
Por eso mismo, al final de su vida se siente agobiado por el
desengaño: «La independencia es el único bien que hemos alcanzado, a costa de
todos los demás», dirá con desolación. Porque para él es dolor y desengaño ver
caer a aquellos países recién libertados al precio de tantos sacrificios en las
variadas formas de caudillismo dictatorial.
Ese buscar sin tregua, que es también constante revelación,
es lo que lo mantiene vivo y válido para la empresa todavía abierta de realizar
la América en
la que él estaba empeñado. Bolívar no encarna solo un gran acontecimiento
histórico. Es también una causa y un camino. Tanto como en el glorioso pasado,
está el porvenir de los pueblos a los que se dio.
Es difícil de entender porque su mundo es difícil de
entender. En él toma conciencia y forma inmarchitable el gran proceso de
mestización cultural de la vida criolla. Es voz y brazo no solo de aquellos
hombres que se lanzaron a hacer milagros a su llamada, sino de todas las vastas
muchedumbres que lo siguen nombrando y buscando. No está ni dormido, ni muerto,
ni en calidad de recuerdo, ni en sustancia de archivo: «Yo los he representado
en presencia de los hombres, yo los representaré en presencia de la posteridad»
es lo que sigue respondiendo a la gente inquieta y buscadora.
Los que sólo miran sus libros europeos, su trato mundano,
sus uniformes de parada, sus maestros, sus viajes, su cultura, no podrán nunca
entenderlo cabalmente. Hay que mirar también aquella hamaca que lo acompañó
hasta la hora de morir. Tejida por manos mestizas, legado de lo más viejo y lo
más hondo de la tierra y de las gentes que él nació para encarnar.